¿Educación permisiva o autoritaria?

Los psicólogos aconsejan que los padres eduquen a sus hijos con autoridad, pero marcando límites razonables

Por no repetir el modelo autoritario en el que fueron educados, muchos padres de hoy caen en el extremo de la permisividad con sus hijos, quienes al llegar a la adolescencia presentan problemas de disciplina y, en esa edad, es difícil comenzar a poner límites. Prácticamente desde la cuna, los niños deben tener límites o pautas que les marquen el camino que deben seguir, sin ahogarles en un mundo de imposiciones. Los padres deben establecer estas normas de manera razonada, adaptarlas a cada edad y ser firmes en sus decisiones.

Delegar la autoridad en cuidadores o abuelos tiene como resultado que el niño tenga muchos referentes con pautas distintas en cuanto a los límites y termine confundido.

No hay reglas fijas; cada familia es diferente, pero la clave está en encontrar el punto intermedio entre autoritarismo y permisividad.

Es claro que no se puede tratar a un niño como un adulto pequeño, pero que tampoco se le demuestra más amor cuando se le conceden todos los caprichos. Cuando los padres ceden continuamente ante los hijos, estos no suelen interiorizar el significado de frustración y desconocen cómo enfrentarse a los problemas. Por el contrario, cuando se imponen demasiadas reglas, se corre el riesgo de que los hijos crezcan inseguros y con una personalidad dependiente.

El niño debe recorrer el camino entre la dependencia infantil y la autonomía personal en el marco de referencia de su familia, en el que debe haber comunicación, confianza, valores y, sobre todo, amor.

Aquí van algunas recomendaciones para aprender a poner límites:

  • Aprender a negociar. Hay que hay que hacer un esfuerzo por negociar con los hijos, a pesar de que éstos sean buenos “negociadores”. Para ello, el marco de referencia debe ser suficientemente amplio y debe aumentar conforme va creciendo el niño
  • Los adultos deben conocer sus propios límites. Si los padres no tienen límites tampoco sabrán ponerlos. No se puede pedir a un niño que utilice el teléfono celular sólo en momentos de urgencia, si ve que los padres no tienen límite en su uso y lo mantienen permanentemente encendido.
  • Saber decir ‘no’. El estilo comunicativo de los padres debe estar acorde con sus palabras, es decir, el lenguaje verbal y el lenguaje no verbal no deben contradecirse.
  • Ser coherentes. Cuando se niega algo, se tiene que explicar por qué se ha tomado esa decisión, escuchar las argumentaciones de los hijos y actuar de la misma manera que se pide a estos que actúen.
  • Escuchar y mirar al niño. Cuando lloran, patalean o gritan, es posible que los niños estén intentando decir algo a los padres. Por ello, hay que aprender a escucharles y mirarles a los ojos.
  • Mantener las decisiones. Es importante mantener la coherencia con lo que se hace y se piensa porque de lo contrario se perderá la credibilidad ante los hijos.
  • Resaltar lo que se hace bien. El niño debe saber lo que hace mal, pero no se le puede “machacar” con estas actuaciones, también tiene derecho a saber que hay cosas que hace bien.
  • Poner límites que tengan valor. Si hay que decir al niño que no rompa un vaso, no se debe usar el chantaje emocional y decirle que mamá se va a poner triste si lo hace, sino que hay que decirle la verdad: que está mal romper un vaso.

En resumen, poner límites no significa que haya que ser estrictos en extremo, sino evitar que los niños estén consentidos y sean poco resistentes a la frustración. El mejor antídoto es decir a los hijos que les queremos y hacer que se sientan queridos y amados, pero sabiendo que lo que hacen no siempre está bien.

Fuente: Sistema Uno internacional 14 de octubre de 2015.

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