Este año nuestra celebración tienen un sabor especial. No será como otros años, aunque tratemos de vivirla como otros años la pandemia nos condiciona y también las muertes recientes y la enfermedad. Llega hoy esta fecha que permite a la muerte abrirse un espacio en la mente de las personas que durante todo el tiempo buscan escabullirse y olvidar su dolorosa presencia en nuestras vidas. Otros años la habíamos transformado en fiesta, pero en una fiesta que en medio de las músicas y las tradiciones trae el recuerdo doloroso de las personas amadas que ya han partido. Escondemos tras las máscaras y las bellas construcciones en los panteones, el dolor, la inseguridad y la tristeza que nos trae la muerte.

Las lecturas de la misa de este día, están fuertemente marcadas no por el fracaso de la muerte sino por la esperanza de la vida. Inicia el profeta Isaías que nos llena de confianza anunciándonos que el Señor arrancará el velo de luto que cubre el rostro de todos los pueblos y proclamando que el Señor destruirá la muerte para siempre. El breve pasaje de la carta a los Tesalonicenses nos presenta a San Pablo invitándonos a una sana alegría por la seguridad de que estaremos con el Señor para siempre. Si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera debemos creer que, a los que murieron en Jesús, Dios los llevará con Él. Esperanza, vida y resurrección también escuchamos en el pasaje de San Juan. Una vida que brota de la misma vida compartida de Jesús que se hace pan para todos y que anuncia una participación en el banquete eterno. La muerte, vista con fe, no pierde el dolor de la ausencia de aquellos que amamos, pero da sentido a nuestro caminar, a nuestra oración y a nuestra esperanza. Así nuestro caminar adquiere un sentido nuevo y la muerte, que no es el final sino un paso a la eternidad, se torna en un parámetro para descubrir la verdad de nuestra vida. Morir es tremendo, pero la idea de tener que morir sin haber vivido a plenitud resulta insoportable.

En nuestra oración, en nuestra esperanza, recordemos hoy a nuestros seres amados y miremos también cuál es el camino y la meta de nuestra existencia.

Paz y Bien

Fuente: Mons. Enrique Díaz, Obispo de Irapuato.

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